CAPÍTULO 1

Al final de la melodía

Uno de sus primeros días en Málaga decidió salir a ver las montañas.

La habitación del hotel era pequeña, pero era suya. La maleta estaba abierta junto a la cama. Había hecho el equipaje para catorce días: vestidos, sandalias, una chaqueta ligera para las noches y más libros de los que probablemente llegaría a leer. Catorce días en España. Ese era todo el plan.

Desde la ventana veía la ciudad, luminosa e inquieta bajo el sol. Había paseado por sus calles, tomado café y sonreído cuando la gente le hablaba tan deprisa que las palabras se mezclaban unas con otras. Sabía decir gracias y buenos días. Para el resto se las arreglaba con las manos y los gestos.

Pero cada vez que la ciudad se abría entre los edificios, veía las montañas a lo lejos. Estaban allí como algo que no necesitaba llamar la atención. Sintió ganas de acercarse a ellas.

En la estación de autobuses señaló Álora, un nombre que había visto en un mapa. El conductor respondió algo en español y señaló la puerta con un gesto de la cabeza. Astrid asintió como si hubiera entendido cada palabra y se sentó junto a la ventana.

Málaga fue quedando atrás. Las casas se hicieron más escasas, la carretera más estrecha y el paisaje creció a su alrededor. Los olivos se alineaban sobre la tierra seca. Casas blancas aparecían en las laderas, tan arriba que no entendía cómo alguien había conseguido llevar hasta allí ladrillos, muebles y una vida entera.

Se quedó con la frente cerca del cristal y se olvidó de prestar atención al tiempo que llevaban viajando.

Cuando de pronto el conductor gritó algo y la miró por el espejo, creyó oír Álora. Se levantó. Quizá había reconocido el nombre. O quizá solo había reconocido la expectación en su mirada. Bajó del autobús.

Las puertas se cerraron tras ella.

El autobús siguió entre el polvo, tomó una curva y desapareció.

Astrid se quedó allí, con el bolso colgado del hombro.

No había estación. Ni taquilla, ni banco, ni carteles que pudiera entender. Solo la carretera, el calor y las montañas. Ya no eran una franja azul en el horizonte. Ahora se alzaban a su alrededor, empinadas y reales.

Se volvió despacio. Quizá el pueblo estuviera después de la siguiente curva. Quizá el conductor hubiera intentado decirle que esperara. Quizá pasara otro autobús dentro de diez minutos.

No lo sabía.

El sol le caía con fuerza sobre los hombros. Las sandalias eran buenas para pasear por Málaga, pero el camino era irregular y el polvo se le metía entre los dedos de los pies. Empezó a andar, primero con ese paso decidido que uno adopta cuando no quiere admitir ni siquiera ante sí mismo que no tiene la menor idea de adónde va.

Después de la primera curva no apareció ningún pueblo.

Después de la siguiente, tampoco.

Se detuvo y miró hacia atrás. La carretera estaba vacía. Ya no podía oír el autobús.

Poco a poco, más que con pánico, empezó a notar la sed, el calor bajo el pelo y el absurdo peso del bolso. Pensó en la habitación del hotel en Málaga. En la llave que llevaba en el bolso y que allí no servía absolutamente para nada.

Podía volver, pero ¿volver adónde? Podía seguir, pero no sabía hacia dónde.

Las montañas se alzaban a ambos lados de la carretera. Por un instante se sintió simplemente pequeña ante ellas y ante el inmenso paisaje que la rodeaba. Como si aquel paisaje hubiera existido durante tanto tiempo que sus catorce días, su billete y su prudente plan no significaran absolutamente nada.

Entonces oyó seis notas de una guitarra. Sonaron tan débiles que al principio creyó haberlas imaginado, pero volvieron a escucharse. Las mismas seis notas, lentas y tentativas, como si alguien, en algún lugar, estuviera haciendo una pregunta.

Astrid levantó la cabeza.

Esperó.

Ahí estaban otra vez.

Siguió el sonido.

La condujo lejos de la carretera y por un camino de grava más estrecho, entre muros bajos de piedra. En algún lugar un perro ladró una vez y calló. El olor de la tierra caliente se mezclaba con algo verde y amargo que venía de los árboles. Las notas de la guitarra desaparecían y, cada vez que temía haberlas perdido, regresaban.

Seis notas.

Una pausa.

Seis notas otra vez.

Las siguió hasta doblar otra curva y ver un muro encalado y un portón oscuro de madera que estaba entreabierto.

Astrid se detuvo fuera.

Debería haber llamado. Debería haber dicho hola o perdón o cualquier cosa que explicara por qué una desconocida danesa estaba ante aquel portón. Pero la guitarra volvió a sonar y esta vez las notas llegaban con toda claridad desde el patio.

Empujó con cuidado el portón y lo abrió un poco más.

Un joven estaba sentado en una silla con una guitarra española apoyada sobre el muslo. El sol entraba oblicuo sobre las piedras del patio y la sombra del muro lo dividía entre luz y oscuridad. No levantó la mirada. Seguía mirando las cuerdas y tocando una y otra vez la misma pequeña melodía, como si intentara encontrar algo en ella.

Astrid permaneció en la entrada.

Empezó a tararear.

Al principio tan bajo que casi podía convencerse de que solo sonaba dentro de su cabeza. Siguió con cautela las seis notas y dejó que su voz encontrara el camino entre ellas.

El hombre siguió tocando. Aún no la había visto.

Poco a poco, su tarareo se convirtió en palabras.

Las palabras eran danesas. Al principio pequeñas y vacilantes, no como una canción terminada, sino como algo que necesitaba salir. Sobre el camino que la había llevado al lugar equivocado. Sobre el autobús que había desaparecido. Sobre las montañas, que primero la habían asustado y que ahora se alzaban a su alrededor como si hubieran estado observándola todo el tiempo.

Las palabras cobraron fuerza. Su voz creció hasta atravesar el patio.

Solo entonces el hombre levantó la mirada y la vio, pero no dejó de tocar.

Astrid sintió el calor en la nuca, el polvo bajo los pies y el corazón latiéndole con demasiada claridad. Pero había algo en su mirada que no le pedía explicaciones. Simplemente le daba valor para continuar.

Él siguió tocando con seguridad bajo su voz, como si conociera el camino a través de la canción aunque no entendiera una sola de sus palabras.

Astrid cantó con más libertad.

Al final, las palabras perdieron su fuerza. Poco a poco volvieron a convertirse en un tarareo y desaparecieron.

Solo entonces dejó él de tocar.

La última nota quedó suspendida un instante en el patio cálido.

La miró.

—Mi cisne dorado… el destino te guio hasta mi puerta.

Astrid no entendió nada. Todavía no.

Pero aquel día simplemente permaneció en el portón abierto mirándolo.

Entonces él se levantó y alzó un dedo, como pidiéndole que esperara. Desapareció por una puerta al otro extremo del patio y regresó con un vaso de agua.

Solo cuando se lo tendió sintió de verdad cuánta sed tenía.

—Gracias —dijo.

Se lo bebió entero. El agua estaba tibia, pero nunca había probado nada mejor.

Él tomó el vaso vacío y se llevó una mano al pecho.

—Pedro.

Astrid hizo lo mismo.

—Astrid.

Él repitió su nombre despacio, como si fuera otro sonido que tuviera que aprender.

—As-trid.

Ella asintió.

La carretera seguía allí, fuera del portón. La habitación del hotel la esperaba en Málaga, la maleta estaba junto a la cama y su viaje de regreso ya tenía fecha.

Pero cuando Pedro volvió a posar los dedos sobre las cuerdas, la carretera dejó de llamarla.

La canción del capítulo
Al final de la melodía

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